Leonardo Guzmán
Abogado, periodista, ex ministro de Educación
Leonardo Guzmán

Pese a todo, ¡esperanzas!

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Nada más fácil hoy que pronosticar futuros sombríos, masticar decepciones y curtir angustias.

Con el Pit-Cnt apoyando a Maduro en su lucha contra el Parlamento que el pueblo votó, con la crónica policial cundida por los negocios en que se enredó y fundió Ancap, con la educación reiterando sus fracasos por la decisión administrativa de prescindir de quienes buscaron reformarla y con la insensibilidad campeando frente a la inseguridad cruzada con miseria moral, ¿cómo no ser pesimista?

¿Y cómo no vivir perplejos, con un vecindario gangrenado entre los negocios pútridos de la familia Kirchner y la infección de Odebrecht brasileña y for export?

Mirar a lo lejos tampoco nos da tranquilidad. El mundo se nos muestra pobre en ideas y fértil para populismos irracionales, y se halla en manos de personajes que, siendo muy distintos, tienen en común tres rasgos patéticos y peligrosos: carecen de frenos, están obnubilados por el poder e ignoran toda conciencia institucional referida a las personas.

Solo esa triple ausencia explica el desparpajo con el cual el hereditario monarca norcoreano Kim Jong-un maneja el potencial atómico de su tiranía y explica que Donald Trump, ungido Presidente constitucional de EE.UU., haya hecho saber que dispuso un bombardeo en la castigada Siria mientras engullía una torta de chocolate. Con sus actitudes, ni el norcoreano realiza un ideal budista o comunista ni el estadounidense obedece a la noble tradición del Mayflower y Martin Luther King.

Es en ese contexto de corrupción regional y de paz ensangrentada que en nuestro Uruguay laico salió a luz el proclamado paro de los vendedores de droga rochenses en honor al Viernes Santo. Y es en ese contexto que vamos tolerando que se nos anote la cédula para ir al estadio y vamos criando nuevas generaciones sin educación ni rebeldía.

Ahora bien. A contramano de esta ristra de hechos, asoman luces de esperanza. No se identifican con un solo nombre, no invisten a un caudillo, no se embretan en una ideología. Esas alternativas ya nos dañaron y aún tienen sus cultores, pero en ninguna de ellas finca la esperanza que despunta en la escena pública.

La catarata de desgracias es de tal magnitud que las discrepancias ya no se callan y la gente habla. Escuchándonos, los ciudadanos volvemos a elaborar opiniones fundadas, a definir conceptos y a reconstruir valores. Nos entrenamos en coincidir por encima de lo que hayamos votado, sin miedo a las compañías ni a los distanciamientos. Nos renace la responsabilidad de pensar en voz alta. Y ahí revive nuestra esperanza.

Igual en los países que en las personas, toda regeneración depende del conjunto de ideas a partir de las cuales se vive. Y las ideas se bruñen en el diálogo honrado y constructivo entre los que piensan distinto. Ahondándolas, retrocede el relativismo y resucitan los principios.

Demasiados sufrimientos hemos tenido por las divisiones, como para seguir enzarzados en el juzgamiento de lo que pasó hace 40 años y seguir mirando al mundo sin enterarnos de sus nuevas amenazas.

Nuestra misión, entonces, no es alimentar enfrentamientos de bandos irreconciliables sino devolver entusiasmo a la vida republicana, para salvar la identidad de un pueblo que no se reconoce a sí mismo en los espejos repudiables que, lejos y cerca, le proponen las miserias de hoy.

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